La diabetes y el metabolismo del azúcar

La diabetes y el metabolismo del azúcar

Te has preguntado alguna vez qué le pasa a tu cuerpo después de devorar un dulce lleno de azúcar; o qué le ocurre después de comer.

En este vídeo vamos a entender un poco mejor cómo funciona nuestro metabolismo: qué ocurre cuando comemos, cuando estamos horas en ayunas, o cuando corremos media maratón. Y cómo, a pesar de todo, siempre tenemos energía.

Pero además, vamos a hablar de la diabetes. Una enfermedad que se ha convertido en una de las plagas de este siglo y que tristemente no para de crecer. Aprenderemos qué es, por qué ocurre y cómo funciona, y es que no hay mejor manera de combatirla que conocerla.

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El equilibrio de la glucosa

Nuestro cuerpo está compuesto por miles y miles de células. Para que esas células funcionen y podamos correr, hablar o pensar, necesitan energía. Y una de sus fuentes favoritas es la glucosa que toman de la sangre. Si hay muy poca glucosa en sangre, nuestras células no podrían funcionar, pero si hay un exceso también es un problema. Por eso es tan importante que los niveles de glucosa en sangre se mantengan siempre en un rango constante.

Y para conseguirlo, el cuerpo echa mano de dos hormonas: la insulina y el glucagón. 

De forma muy resumida, podemos decir que la insulina es la encargada de bajar los niveles, y el  glucagón de subirlos.

El papel de la insulina

Cuando comemos, los alimentos llegan al sistema digestivo, donde se digieren y rompen en sus componentes más sencillos. Allí, en el intestino delgado se absorben los nutrientes, que entran directamente al torrente sanguíneo. Entre todos esos nutrientes, está también la glucosa. Por eso, nada más comer se produce un aumento de glucosa en sangre. Es como una invasión de azúcar. Y para contrarrestar esta invasión, aparece en escena la insulina.

La insulina es una hormona que se produce en una zona diminuta del páncreas, concretamente en las células beta de los islotes de Langerhans. Cuando el páncreas nota una subida de azúcar, secreta insulina que viaje por  la sangre hasta llegar a todas la células del cuerpo.  Allí, la insulina se une a un receptor especifico en el exterior de la célula y activa los canales transportadores  que permiten que la glucosa entre.  Es como una llave que abre las puertas de las células para que capten la glucosa. De esta forma las células  obtienen la energía que necesitan, y los niveles de azúcar en sangre disminuyen.

Receptor de la insulina

Pero la insulina, a parte de actuar sobre todas las células del cuerpo, tiene una serie de tejidos u órganos diana.  Estos tejidos son el músculo, el tejido adiposo y el hígado. Son los graneros del cuerpo, los lugares en donde se guarda toda la energía extra hasta que sea necesaria.

En el hígado y los músculos, induce la formación del glucógeno. Unas moléculas  largas y ramificadas que en definitiva son un almacén rápido de glucosa. El glucógeno del musculo es un almacén local, que proporciona energía cuando hacemos ejercicio o corremos, mientras que  en el hígado actúa como almacén general para todo el organismo. Y por último, el tejido adiposo sería el almacén a largo plazo.  Aquí la insulina induce la formación de grasa, de triglicéridos, que acaban formando los temidos michelines

El papel del glucagón

Pero ¿qué pasa si de repente necesitamos un extra, o si pasamos varias horas sin comer, como durante la noche? En estos casos los niveles de glucosa en sangre empezarían a bajar y el cuerpo para subirlos tiene que recurrir a las reservas.

Aquí es cuando entra en juego la segunda hormona. El glucagón.

El glucagón también se produce en el páncreas, pero en las células alfa de los islotes de Langerhans. Funciona de manera muy similar a la insulina pero mandando la señal contraria: en vez de guardar y consumir, la señal que lanza es la de liberar glucosa. 

Esta hormona también actúa sobre el hígado y el musculo, pero su acción es justo la contraria a la insulina. Inhibe la formación del glucógeno y activa su rotura. De esta forma, la glucosa atrapada se libera de nuevo a la sangre. En caso de que se acabaran  las reservas de glucógeno, se empieza a consumir la grasa del tejido adiposo. Esto es lo que ocurre después de hacer ejercicio durante un rato largo.

La Adrenalina, la protagonista del estrés.

Pero además del glucagón, hay también otra hormona que tiene una función muy similar: La adrenalina.

Si de repente hay un peligro o un momento de estrés, necesitamos un chute de energía rápida que nos permita salir corriendo o mantener nuestro cerebro en alerta máxima. En esos casos es cuando la adrenalina se dispara.

Por un lado, actúa como neurotransmisor en el cerebro, poniéndolo en estado de alerta. Por otro, actúa como una hormona sobre los músculos, induciendo la destrucción del glucógeno y su consumo, de forma muy similar a lo que hace el glucagón. De esta forma los músculos obtienen la energía suficiente para poder actuar rápidamente y alejarse corriendo del peligro.

La diabetes, cuando se rompe el equilibrio

Hasta ahora hemos visto la situación normal, pero ¿qué ocurre en la diabetes?

La diabetes es una elevación crónica de los niveles de azúcar en sangre. El cuerpo no es capaz de regular los niveles, por lo que la glucosa empieza a acumularse. Hay tanta en sangre,  que en un intento desesperado de eliminarla, los riñones empiezan a expulsarla en la orina. De hecho, el nombre oficial, Diabetes mellitus significa justo eso, orina dulce, y  es uno de los síntomas más claros de la enfermedad. Además, para poder diluir la glucosa y expulsarla, el cuerpo  necesita gran cantidad de agua. Por ello, otro síntoma es el aumento de las ganas de beber y de ir al baño.  

Las células por su parte, no pueden absorber la glucosa, y se quedan sin energía.

Están como en un estado de ayuno extremo, a pesar de estar rodeadas de cantidades ingentes de glucosa.  El cuerpo, para intentar suplir la falta de glucosa de las células, comienza a quemar los depósitos de grasa. Por eso, los enfermos suelen perder peso y sentirse también muy cansados.

A largo plazo este exceso de glucosa puede dañar seriamente al corazón, los riñones, los ojos o los pie.

Sintomas diabetes

Pero ¿a qué se debe este desarreglo? La razón tiene que ver con la insulina. O el cuerpo no produce la hormona en cantidades suficientes, o la insulina no actúa correctamente. Y según cual de estas dos causas sea, tenemos uno de los tipos principales de diabetes u otro.

Diabetes tipo 1

En la diabetes Tipo 1, el cuerpo no produce insulina. El problema, en la mayoría de los casos, es que el propio sistema inmune ha destruido por error a las células beta del páncreas, y sin ellas, es imposible producir la hormona.

Para poder contrarrestar los efectos y mantener los niveles de azúcar más o menos constantes, estas personas necesitan pincharse insulina todos los días y tener un estricto control de lo que comen.

A este tipo corresponde el 10% de los casos totales y aparece normalmente en niños pequeños y en jóvenes. En la actualidad, es una enfermedad de por vida, aunque se están investigando tratamientos como el trasplante de células beta o el tratamiento con células madre, que podrían curarla definitivamente.

comparativa diabetes tipo 1 y 2

Diabetes tipo 2

En la diabetes Tipo 2, por el contrario, el cuerpo si que produce insulina, pero las células no son capaces de reconocerla. Es como si no existiera. Se han vuelto resistentes a ella. Como no reconocen la insulina , la glucosa no puede entrar y los niveles en sangre empiezan a subir.

El páncreas detecta esta subida y produce aun más insulina para intentar compensar los niveles.  En algunos casos, esto acaba causando que el páncreas “se agote” y empiece a producir cada vez menos y menos insulina, empeorando aún más el problema.

Este tipo de diabetes  representa el 85-95% de los casos y en los últimos años su incidencia se ha disparado de manera alarmante debido al aumento tan brutal del consumo de azúcar y al incremento de la obesidad. Además, tarda en ser diagnosticada ya que su aparición es gradual. Puede pasar desapercibida durante años. Por eso se la conoce como la epidemia silenciosa.

Además de estos dos tipos, existen otras formas más raras de diabetes como la diabetes gestacional o el síndrome de Wolfram.  Pero la mayoría de los enfermos padecen uno de los dos tipos  que hemos explicado. 

Una epidemia y una solución

En la actualidad,  425 millones de adultos sufren diabetes en el mundo. La friolera de 1 de cada 11. Y 1 de cada 2, todavía no lo sabe.  Unas cifras alarmantes de las que España no se libra. Hay 3,7 millones tan solo en nuestras fronteras. Y lo más preocupante es que probablemente solo estemos viendo la punta del iceberg y en los próximos años los casos sigan aumentando. Además, cada vez está apareciendo a edades más tempranas, afectando incluso a niños.

Datos globales diabetes

La buena noticia es que podemos hacer mucho para evitar la diabetes de tipo 2. Se ha visto que tan solo un cambio de hábitos es capaz de reducir dramáticamente el riesgo de sufrir diabetes en el futuro. Solo hay que hacer ejercicio, evitar la obesidad, y comer sano. Principalmente se trata de eliminar el azúcar y los productos procesados de nuestra dieta, y de comer mucha fibra, verduras y frutas.

Así que tomémonoslo en serio. Está en nuestras manos luchar contra ella.

– Referencias:

 

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